Escamas de mi propia piel
alimentan a los patos del estanque
mientras el sol brilla, loco y descocado,
fuera de lugar.
Entrañas que no conciben el calor
se entretejen con hilos de angustia,
de pérdida
de silencio.
El agua salpica a los niños que juegan,
a las parejas que se acarician con manos y lenguas,
a los perros que aplastan la hierba con sus espaldas,
a los cigarros que sostienen la línea telefónica.
Los idiomas vuelan como dardos, delineando colibríes,
y algo cruje, va a ceder.
A reventar.
Borrándolo todo, a todos,
con un vacío infinito
seductor y procaz,
vestido con las galas de una drag esplendorosa
que clama a gritos que la miren.
Pero nadie está allí ya para mirarla.
Todo se desvaneció
en la nada oscura y acuática
con el no cortante de la noche
y lo que di al vivir ese día.