Hoy, el diablo me ha mirado los ojos. Y ha conseguido sostenerme la mirada sin pestañear. Eso, a pesar de lo fumado que venía. Tiene muchos humos, ese tío. Pero tampoco está tan mal. Coincidimos como casi siempre en el café de la esquina, donde había ido a tomarse un cafelito, cansado de tanto combatir el bien y sus simulacros.
Es un tipo, cuando menos, interesante. Ayer mismo se pasó un buen rato hablando de literatura eclesiástica medieval. Como casi todos los autores acabaron, pese a todos sus esfuerzos, en el infierno, está muy bien documentado. Al parecer, algunos de ellos no han notado gran diferencia con el convento…
Me dijo una cosa curiosa:
―No creas en las coincidencias. Todo se repite, una vez u otra, por la propia naturaleza de la realidad. Verás: el universo es limitado. El infinito es sólo una ilusión. Lo mismo que dios, el amor eterno, las tetas perfectas y la tan mítica bajada del Euribor. Tonterías, sólo tonterías, ¡es que sois de un pardillo…!—farfulló, sujetando entre los dientes un cigarro de hojas de maría y pieles de condenados, mientras recorría infructuosamente todos sus bolsillos con manos inquietas.
Temiendo que empezara a recorrer también los míos, le lancé un mechero sobre la barra. Me pareció gracioso que no llevara fuego encima, siendo el amo del infierno y todo eso.
No debí haberme reído. Me lanzó su café a la cara, y se largó. Por supuesto, con mi mechero.
No espero volver a verlo. Mi mechero, digo. El diablo es en el fondo un tipo simpático. Espero volver a coincidir con él un día de estos.
Por cierto, el verdadero nombre del amo de las regiones infernales es Armando. Pero no lo usa mucho, no suena demasiado diabólico. Así que no se lo digáis a nadie, ¿vale?