Cositasville

Cositasville reloaded

El columpio

Patricia es la capitana de las chungas. El territorio de los columpios es suyo, y no nos deja jugar allí. Son malas, malas.  Se ríen de mí, de Conchi y de Sandra. De Conchi porque lleva gafas y de Sandra porque es muy bajita y habla también muy bajito.  También se meten con mi ropa, con mis juguetes, con mis libros reciclados. No son lo bastante pijos para ellas.  Y no nos dejan jugar allí. Como la madre de Patricia es la maestra de segundo, puede hacer lo que quiera, porque si alguien se mete con ella, llama a su mamá con algún cuento y ese alguien puede esperar castigo instantáneo  Los columpios son territorio prohibido. Tres montan guardia mientras las otras dos se columpian y si nos acercamos nos escupen.

 

Con los chicos no hay tanto problema. Utilizan el territorio entre la fuente y la pared del fondo para jugar al fútbol, en los recreos.  Los mayores se esparcen por todo el resto, mirándonos con asco, como a lagartijas despanzurradas. A veces tiran a alguno de nosotros a la fuente, pero son democráticos. Cualquiera de dos palmos menos que ellos les sirve.

 

Ayer  traje una goma de saltar.  Se me ocurrió que sería divertido, pero Sandra se temía que Patricia y su banda no quisieran que jugásemos con ella, así que estuvimos debatiéndolo durante un rato. Conchi decía que sí, pero que cuidado con las gafas. Yo quería usarla, pero no me atrevía del todo… sí y no… no… sí. Así todo el recreo hasta que sonó el timbre.

 

Pero hoy he vuelto otra vez con la goma. Me he hecho a la idea. Me da un poco de miedo, pero probaré…

 

Probamos… Conchi y Sandra sujetan la goma, mientras yo empiezo a saltar. Patricia y las suyas nos ven enseguida empiezan con lo de siempre: “mira, las idiotas dan saltitos”  “cuidado con el suelo, María, a ver si lo vas a romper” Si, yo soy María, y estoy algo llenita ¿qué pasa? No, no os lo había contado, pero ahora ya lo sabéis, ¿no? Pues vale.

 

Como siempre, las ignoramos en lo posible. Pero no paran. Conchi se rinde y suelta la goma. Así que la cojo, y la empiezo a enroscar en mi mano, mientras miro al suelo. Sandra ya está lloriqueando, es que es una blanda…

 

Y en estas que Patricia viene valentona hacia mí, la veo por el rabillo del ojo. “Que dientes tan feos tiene esta tía”, pienso mientras se va acercando.

―Ay, las tontas, mira como se van. ―Y se acerca a Sandra―. Y la imbécil ésta, siempre llorando: ¡niña de mamá, niña de mamá!.

Yo sigo mirando al suelo, pero se me está nublando un poco la vista, mientras enrosco maquinalmente, despacito, mi goma en torno a mi puño. Patricia se me acerca entre muecas

―Y tú, fo…

Creo que quería decir “foca”, pero no está del todo claro. Como he usado mi puño con la goma enroscada alrededor para partirle la boca, es difícil de decir.

Hay sangre, además de la que me golpea en las orejas, por dentro. Todas se han quedado congeladas. Patricia grita “¡mi diente, mi dienteeee….! ¡mamaaaaa!” y sus amigas se la llevan a buscar a su mami.

Yo tiemblo un poquito, pero me compongo, respiro hondo, y todavía con mi goma enroscada a la muñeca digo:

―¡Vamos, chicas! Hoy me apetece columpiarme.

Y me encamino al territorio prohibido con decisión.  Conchi me sigue…Sandra tarda un poquito más, pero al final viene también.

En cuanto me baje de aquí, me va a caer  la del pulpo, lo sé. Pero de momento, el sol brilla, y el columpio me promete alejarme del suelo, de este lugar, y de cualquier consecuencia. Por ahora, voy a ser feliz.

 

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