Casi nadie escribe cosas terribles porque lo quiera.
Si no hay un drama estallando con cada flor que se abre,
con cada flor que se seca,
no hay poesía, ni rabia, ni rugidos de emoción
paseando aullantes por las esquinas
y vacíos pasillos de tu alma.
El pecho, enredado en rosaledas sin hojas ni flores,
solo espinas y ramas retorcidas y rotas.
Los ojos clavados a dos pinchos que los ensartaron
y los cegaron a todo menos la negrura.
No hay nada como no estar bien,
para no estar, bien está no estar,
pero, bien, no estás, no estás ni nada, ni eres nada,
ni nadie,
ni siquiera alguien a quién reprimir.
Pero lo haces, te sujetas, te comprimes, te atenazas,
te amenazas, te sueltas, te obsesionas
y vuelves a empezar en un interminable baile de tormenta
que ni nadie, ni tu misma, comprende.