Tienes que estar contenta.
Llueven los fuegos allá en el este,
misiles que caen y revientan vidas
y tú, tú tienes que estar contenta.
Y allá afuera, se oscurecen los cielos
y se enturbian las aguas
y se derriten los hielos
se viola, muere y asesina.
Se despedazan los niños,
se vuelcan del revés tantas sonrisas
como sacas de correo basura,
sin fondo.
Y tú, tú tienes que estar contenta.
Desde el sur flotan mil cadáveres
de sueños incumplidos, de sueños ahogados,
de derrotas que partieron sin saber que lo eran
y lo descubrieron bailando a merced de las olas.
Tienes que olvidarte, tienes que estar contenta.
Mucho más en estos días
señalados
de obligada alegría.
Gente buena o mala, golpeada por el falso amor,
por la falsa esperanza,
se debate entre la muerte y la ira.
El reloj se derrite sobre las brasas
de las palabras de ayer, de las de mañana,
nada parece tener ya un gran sentido.
Pero tú, tú tienes que estar contenta.
Tanto aplomo, tanta dicha
fingida y consentida, tanta falsa paz,
la democracia
de los bobos y los listos que no aciertan a arreglar nada.
Todo se detiene con luces de colores artificiales.
Todo se borra y al parecer se olvida
con tantos milagros estacionales, con regalos y sonrisas
y tú, tienes que perfumarte para ser tú misma,
y comer jamón y marisco del bueno,
sin pensar para nada en barrigas cóncavas y deformadas
por el hambre perpetua.
Y tú, tú tienes que estar contenta.
Aunque te duela por dentro y por fuera
y te arrancarías los ojos de ver tantos, tantos dolores,
te sellarías los oídos para siempre,
de tanto terror y mierda que repica,
con campanadas zombis y podridas,
Tú, tú tienes que estar
contenta.