—Verás, he decidido pagarte el café del otro día. Y dejarte que me llames Armando.
—Joder, Armando, me dejas de piedra, demonio ¡Cuánto honor!
Me quedé pensando, al fin y al cabo el diablo es el diablo
-¿A cambio de qué?
—Nada, poca cosa, que necesito a alguien que me lleve los trastos. Y que me aguante los rollos. ¿Qué gracia tiene ir haciendo la puñeta si la peña esta de pringaos no se entera?
—O sea, Armando, ¿qué necesitas? ¿un porteador, un lameculos o un cronista?
—Exacto. Lo has clavado, chaval. Oye, ¿llevas papeles? Me los he dejado allí en el quinto infierno…lo de liarse petas con pieles humanas es una cuestión de imagen, en realidad tiran realmente mal…
—Si, claro
¡Tengo empleo nuevo!
¡Chicos y chicas, voy a ser cronista del diablo!
¿A que mola?